Durante los actos centrales en honor al Cristo de la Quebrada, el paisaje de devoción se vio interrumpido por un estricto e inusual despliegue de seguridad que no pasó desapercibido para nadie. Un imponente vallado perimetral dividió la celebración en dos realidades opuestas: de un lado, el sector oficial, donde ministros, funcionarios e intendentes disfrutaron de ubicaciones preferenciales y todas las comodidades; del otro, la multitud de fieles que, tras viajar desde distintos puntos para manifestar su fe, debieron conformarse con sectores alejados y externos al epicentro de la misa.
Esta tajante separación generó un profundo malestar y diversos comentarios entre los asistentes, quienes cuestionaron la necesidad de levantar rejas en medio de una festividad popular. Mientras el discurso oficial habla de cercanía con el pueblo, la imagen de las autoridades encerradas bajo custodia especial frente a una feligresía desplazada despertó críticas sobre la verdadera prioridad de la gestión. En una jornada donde la fe debería ser el único puente, el protagonismo se lo terminó llevando un operativo que priorizó la comodidad de los funcionarios por sobre el acceso de los vecinos a su propia celebración.
