El Festival de las Aguas Claras volvió a ser escenario de disturbios protagonizados por grupos violentos que actúan año tras año. Los vecinos denuncian una zona liberada y la ausencia total de medidas judiciales o políticas para frenar la escalada de inseguridad.
Lo que ocurrió el pasado lunes en el cierre del Festival de las Aguas Claras no es un hecho aislado, sino el síntoma de una problemática que parece no tener techo en la provincia: la naturalización de la violencia en el espacio público. Mientras las familias se retiraban del predio, la tensión estalló en una serie de disturbios protagonizados por integrantes de una familia del pueblo, obligando a la policía a intervenir para evitar una tragedia.
La indignación de los habitantes de Nogolí radica en la reiteración. Según los testimonios recolectados, estos episodios no solo son frecuentes, sino que siempre vinculan al mismo grupo reducido de personas que actúa con total libertad año tras año. La sensación de «impunidad» es total; la comunidad observa con resignación cómo los violentos se apropian de las festividades populares sin enfrentar consecuencias reales.
- Violencia sistemática: Los vecinos señalan que estos hechos se repiten casi todos los años en el mismo evento.
- Falta de justicia: A pesar de la gravedad de los enfrentamientos, no se han reportado detenciones ni avances en causas judiciales.
- Daño social: El prestigio de una localidad que apuesta al turismo se ve seriamente afectado por la libertad de acción de estos grupos.
A varios días del suceso, el silencio de las autoridades es absoluto. No existe, hasta el momento, un parte oficial que detalle el saldo de los incidentes ni las medidas preventivas que se tomaron para proteger a los asistentes. Este vacío informativo no solo genera desprotección, sino que es interpretado por los vecinos como una validación implícita de la violencia.
La escalada no se limita a Nogolí; se inscribe en un mapa provincial donde las riñas a la salida de boliches y en encuentros populares parecen ganar terreno ante la falta de una fórmula política y policial efectiva para frenar el caos en las calles. En San Luis, la fiesta popular está siendo desplazada por el miedo y la sombra de una impunidad que ya nadie se ocupa de ocultar.
