San Luis, la provincia que lo tiene todo para el éxito… excepto el «saber hacer». En un nuevo capítulo de esta tragicomedia de gestión, nos enteramos de que la soñada final de la Copa Argentina, que el gobierno de Poggi ansiaba usar como vidriera, se nos escurrió entre los dedos como arena fina. ¿La razón? Un diagnóstico lapidario de la mismísima AFA y los clubes: el Gobierno provincial «no sabe organizar un evento de esta magnitud». ¡Oh, sorpresa!
Sí, así como lo leen. Ni la majestuosa La Pedrera, ni la billetera abierta del Ejecutivo provincial (¡que pagaba hasta los chicles de los jugadores!) fueron suficientes para disipar la sombra de la inoperancia. Resulta que, en un giro inesperado de los acontecimientos, el dinero no compra la capacidad organizativa. ¿Quién lo diría?
Los golpes apuntan, con la precisión de un dardo en la frente, a las ministras Adelaida Muñiz (Deportes) y Nancy Sosa (Seguridad). Ellas, las flamantes figuras de la gestión, quedan expuestas como las protagonistas principales de este «papelón» digno de un sketch de comedia. La falta de experiencia en seguridad deportiva se unió a una gestión política que, al parecer, solo existe en el papel.
La AFA, en su infinita sabiduría (y pragmatismo empresarial), prefirió llevarse su final y sus ganancias a otro lado. Un portavoz, con una sinceridad que solo el dinero puede comprar, lo dejó claro: «Copa Argentina es una empresa privada que busca ganar plata. San Luis era una opción porque el Gobierno pagaba todo, pero ni así». ¡Ojo! Que, si ni pagando todos los gastos logramos convencerlos, la cosa debe ser grave.
Así, el imponente Parque La Pedrera, un orgullo arquitectónico, se convierte hoy en un silencioso monumento a la falta de coordinación. Un estadio moderno, sí. ¿Conducción eficiente? Aparentemente, eso no viene incluido en el paquete. La gestión de Poggi, que buscaba mostrar una provincia pujante, terminó exhibiendo lo contrario: una estructura de primer mundo con una organización de… ¿tercero?
San Luis no solo perdió una final; perdió prestigio, credibilidad y la oportunidad de demostrar que todavía puede «estar a la altura». Parece que, por ahora, nos tendremos que conformar con ser la capital del «casi casi lo logramos». Una verdadera lástima, o quizás, una inevitable consecuencia.
