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La desconexión oficial: El desprecio de Caputo por la industria nacional en medio del derrumbe textil

La gestión económica nacional sumó un nuevo capítulo de controversia tras las declaraciones del ministro Luis Caputo, quien, lejos de mostrar empatía con un sector industrial en crisis, admitió su preferencia por el consumo extranjero. «Nunca compré ropa en Argentina porque era un robo», sentenció el funcionario, en una frase que no solo hiere la sensibilidad de los fabricantes locales, sino que expone una profunda brecha entre la elite gobernante y el ciudadano de a pie. Mientras el ministro justifica sus compras en el exterior como una conducta de consumidor inteligente, miles de PyMEs textiles luchan por no bajar sus persianas ante una caída estrepitosa de las ventas y una apertura de importaciones que amenaza con ser el golpe de gracia para la mano de obra argentina.

Esta postura oficial ignora sistemáticamente que el «robo» al que alude el ministro es, en gran medida, el resultado de una estructura impositiva que el propio Estado sostiene. Cargar contra los precios de las vidrieras locales sin mencionar el peso del 35% de Ganancias, las cargas sociales y la asfixia tributaria provincial es, por lo menos, un ejercicio de cinismo gubernamental. Para el trabajador promedio, que hoy ve cómo su salario se disuelve frente a los aumentos en el transporte y los servicios básicos, la opción de «viajar para comprar» no es una alternativa de ahorro, sino una realidad ajena y ofensiva que resalta la falta de políticas de fomento para el mercado interno.

El gobierno parece decidido a sostener una visión donde la competencia despiadada es la única regla, incluso si eso implica desmantelar el entramado de mini PyMEs que constituye el motor del empleo en el país. Al tildar de «zonza» la protección a la industria, el equipo económico envía un mensaje devastador: la supervivencia de la producción nacional no está en la agenda. Sin un alivio fiscal concreto y con funcionarios que promocionan el consumo fuera de nuestras fronteras, la industria argentina queda desamparada ante una gestión que parece más cómoda administrando la crisis desde la mirada del importador que desde el escritorio de quien debe defender el trabajo argentino.

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