La edición 33 del festival en Santa Rosa dejó una imagen de profunda defraudación. La instalación de divisiones para separar a los políticos de los vecinos transformó una fiesta popular en un acto de castas que indignó a la comunidad.
Lo que debió ser una celebración de la cultura y el reencuentro terminó convirtiéndose en el símbolo de la distancia física y emocional de la dirigencia puntana. Durante el Festival del Río Conlara, la aparición de un sector blindado para autoridades generó un rechazo unánime entre los asistentes, quienes vieron cómo la política se refugiaba detrás de vallas para no mezclarse con el pueblo.
Diputados, el intendente, concejales y otros funcionarios de diversos espacios ocuparon un área exclusiva, evidenciando una actitud que muchos calificaron como «temor al contacto» con la gente que los votó.
«Es inaceptable. Vienen a pedir el voto y después nos ponen una valla para que no los toquemos mientras escuchamos música», comentó una vecina que asistió al evento. La sensación generalizada es que la clase dirigente ha perdido la noción de servidor público, prefiriendo la comodidad del privilegio antes que la cercanía con el vecino.
En una provincia que atraviesa una situación económica compleja, el gesto de «blindarse» en un festival no solo fue una torpeza logística, sino una ofensa política que Santa Rosa no olvidará fácilmente.



